La democracia se pone al día

CRÓNICA DESDE EL PATIO DE BUTACAS • I VOTOBIT

Votobit 28-03-2003

Somos capaces de montar una estación en el espacio con todo tipo de andenes pero seguímos contando los votos con tecnología de palitos. Votar en pijama o mientras se pasea es perfectamente posible. Crónica del I VotoBit


Andreu Riera
I VotoBit • León 26-03-2003

Berry Schoenmakrs
I VotoBit • León 27-03-2003

Jorge A. García
I VotoBit• León 26-03-2003

David Santo Orcero
I VotoBit • León 26-03-2003

Diego Hernández • I VotoBit
León 27-03-2003

Juan A. Martínez • I VotoBit
León 27-03-2003

Fernando Quiles • I VotoBit
León 27-03-2003

Javier López • I VotoBit
León 27-03-2003

Ignacio Royo • I VotoBit
León 27-03-2003

Jim Adler • I VotoBit
León 27-03-2003

Fernando Acero • I VotoBit
León 26-03-2003

Juan Tena Ayuso • I VotoBit
León 26-03-2003

Sergio Sánchez • I VotoBit
León 27-03-2003

Sergio Ávila • I VotoBit
León 27-03-2003

Enrique Arnaldo • I VotoBit
León 26-03-2003
Por JAVIER TORNADIJO. Imagínese una situación como la que sigue. Es una luminosa y tranquila mañana de Marzo. Se ha dado una ducha, ha preparado el desayuno y ha salido a la calle en busca del periódico. Hasta aquí todo normal. Hoy, recuerda, se celebran elecciones generales y usted aún no ha votado. La idea de acudir a su colegio electoral no le parece muy atractiva. Está demasiado lejos, piensa, y además preferiría volver a casa y relajarse leyendo un poco - ¿a qué hora se emitía esa película que tenía tantas ganas de ver?-. Más aún ¿para qué ir al colegio electoral? Podría tomar un taxi, cierto, acceder al recinto de votación, identificarse con su carné, recibir una tarjeta magnética o con un chip, introducirla en la urna electrónica y presionar con el dedo sobre el rostro de su político favorito... podría hacer eso, desde luego. Pero ¿por qué desperdiciar unos valiosos minutos de este soleado domingo pudiendo votar aquí mismo, ahora mismo? Dicho y hecho: mientras camina en dirección al quiosco, se lleva la mano al bolsillo de la chaqueta y atrapa su escurridizo y diminuto teléfono móvil. No tiene más que pulsar unas cuantas teclas -las necesarias para introducir su nombre, su clave y la opción de voto- y está listo. Tan sencillo como eso. Y ahora puede disfrutar del resto del día.

Hace un mes habría pensado que la historia anterior estaba sacada directamente de la cabeza de Arthur C. Clark o Isaac Asimov. Un relato fantasioso y futurista en el que los protagonistas visten extravagantes trajes dorados, toman te en las lunas de Júpiter o viajan a grandes velocidades entre mundos distantes montados en grandiosas y brillantes naves espaciales color azul celeste. Nada más lejos de la realidad, se lo aseguro. El voto electrónico es una realidad hoy. O, al menos, la tecnología ya está aquí.

Sí, la tecnología, pero únicamente eso, pues nuestra legislación actual no
contempla que usted pueda votar en el metro, en el salón de su casa o en el parque de enfrente donde juega con sus hijos.

Para responder a esta suerte
de paradoja y conocer el estado del arte de la votación por medios electrónicos, acudí al Primer Congreso Votobit. Durante dos intensos días de conferencias, los asistentes a este Primer Votobit pudimos presenciar cómo matemáticos, juristas, programadores y empresarios se enfrentan, en sus respectivos campos, al difícil problema de garantizar que el voto electrónico es un sustituto válido y seguro de los sistemas tradicionales de sufragio.

Pero también acudí por otras
razones. La votación electrónica, qué duda cabe, es una gran idea. Votar desde cualquier lugar donde exista cobertura telefónica, un módem y un navegador de Internet o una urna electrónica, es un concepto francamente atractivo, un adelanto maravilloso. Había, sin embargo, una serie de cuestiones que a todos nos preocupan.

Por ejemplo, ¿quién me garantizará en el futuro que, una vez hecha mi elección, nadie excepto yo será conocedor del objeto de la misma? ¿O, peor aún, quién
me garantizará que ninguna persona no autorizada, ya sean hackers maliciosos o administradores corruptos, podrán modificar el contenido de mi voto? Y no sólo eso. ¿Qué ocurrirá si en el momento de votar se va la luz, o me roban el teléfono móvil, o el PDA, o el software de votación se infecta con un virus informático o un programador desencantado decide que determinado partido político es merecedor de ganar las elecciones, etc.? ¿Y cómo podré comprobar yo que, una vez realizado el sufragio, mi voto se ha sumado realmente con el resto y no ha ido a parar a la papelera virtual?

En definitiva, existiendo a priori tantos problemas e
inconvenientes, ¿realmente era el sufragio digital una buena idea? ¿O se trataba tan sólo de ciencia ficción, de un concepto atractivo y sin ninguna base real? ¿No sería mejor apartar dicha idea y pensar en otra cosa?

Había demasiadas preguntas que me atormentaban y necesitaba respuestas. Por suerte tenía a mi disposición a dieciséis grandes expertos en la materia, tanto nacionales como extranjeros, deseosos de tranquilizarme y aclarar todas mis dudas. Decidí aprovechar la ocasión para lanzarles algunas preguntas y tratar de salir del congreso más tranquilo respecto a esa cosa tan complicada y en apariencia imposible del voto electrónico.


> Para empezar, un matemático

Se acuerda de las matemáticas, ¿verdad? Del dichoso problema del tren o de ese amigo tan astuto que se quedaba con la mitad más tres cuartos de sus canicas sin mostrar compasión alguna, ¿no es cierto? ¿Y qué
me dice de los ángulos, los triángulos y las circunferencias? ¿Y de las ecuaciones, las matrices y los determinantes? Si hace años, y quizá aún hoy, la palabra “matemáticas” le hacía echarse a temblar, debería saber que el día de mañana, cuando se encuentre ejerciendo su derecho al voto en un remoto pueblicito o en un chiringuito junto a la playa, las matemáticas estarán detrás de todo el proceso, en primerísima línea de defensa, para que nadie con intereses ocultos y carente de escrúpulos pueda jugarle una mala pasada.

Así que con vagas ideas en mente y la firme intención de conocer cómo se enfrentan los matemáticos actuales a los problemas asociados con el voto electrónico, me dirigí a uno de los ponentes del Primer Votobit, el Director del Departamento de Álgebra, Geometría y Topología de la Universidad de Valladolid, el Doctor en Matemáticas Juan Tena Ayuso, quien me explicó muy amablemente algunas cuestiones acerca de la criptografía y la votación por medios digitales.

Él y su equipo de la
Universidad de Valladolid investigan en la actualidad algoritmos criptográficos que una vez aplicados a los sistemas de votación electrónica darán garantías al votante de que el sistema es completamente seguro, inviolable y capaz de salvaguardar la anonimia – la imposibilidad de unir al elector con su voto-, entre otros derechos.

Actualmente su investigación está centrada en una clase particular de objeto matemático denominado Curvas Elípticas. “La Curva Elíptica- dice Tena- es una herramienta criptográfica

que presenta un interesante conjunto de ventajas respecto a otros métodos conocidos, como los algoritmos RSA. Por ejemplo, las claves generadas mediante este sistema son de un tamaño menor y necesitan menos potencia de cálculo para ser generadas que con un sistema basado en la factorización entera, como es el caso del RSA”. Este hecho permitirá implantar la tecnología de las Curvas Elípticas en aparatos con recursos de memoria, velocidad o ancho de banda limitados, como por ejemplo teléfonos móviles o agendas electrónicas.

Hasta aquí todo parece muy sencillo, ¿verdad? Al menos, en un nivel abstracto. La criptografía en los medios electrónicos es el equivalente del sobre en los medios analógicos tradicionales. Mediante el sobre impedimos que miradas curiosas puedan espiar el contenido de las papeletas. Del mismo modo, los algoritmos criptográficos, ya se trate del RSA o de las Curvas Elípticas, ocultan la información electrónica a ojos indeseados. Totalmente cierto, pero falta algo más.

Sí, porque ciertos algoritmos matemáticos, denominados homomórficos, además de mantener la información vital oculta a terceros, posibilitan cosas tan sorprendentes, en principio, como el recuento de votos sin desvelar la opción elegida por el votante. En el mundo real, sería algo así como que, imagíneselo, en el momento del contabilización de los resultados, los encargados de abrir los sobres y anotar una rayita o un palito junto al nombre del candidato supieran, sin necesidad de abrir los sobres y sin error alguno, a qué candidato corresponde cada voto. Y todo esto sin comprometer algo tan fundamental como es el anonimato del votante.


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Texto. Javier Tornadijo. Estudiante de 4º de Informática y escritor
Fecha. 28-03-2003



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--Javier Tornadijo

Estudiante de 4º de Informática, buen programador y ecritor en sus ratos libres. Mantiene su propio cuaderno en la red (El hombre que comía diccionarios)

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